Deseo sexual“No tengo ganas” puede querer decir muchas cosas

La disminución o ausencia de deseo sexual es uno de los motivos de consulta más frecuentes en sexología.

Pero cuando alguien dice “ya no tengo ganas”, para mí esa frase es el comienzo de una exploración.

Necesitamos comprender qué cambió, cuándo comenzó, cómo era anteriormente su sexualidad, qué sucede cuando aparece la posibilidad de un encuentro y, especialmente, qué significa para esa persona no tener deseo.

Cuando la falta de deseo es la punta del iceberg

A veces lo que aparece en la superficie no nos cuenta todo lo que está sucediendo por debajo.

Detrás de una disminución del deseo pueden existir ansiedad, miedo al desempeño, dolor, dificultades de erección, eyaculación rápida o retardada, dificultades relacionadas con el orgasmo, cambios hormonales o físicos, medicamentos, cansancio, experiencias previas, conflictos vinculares, distancia emocional o una combinación de varios factores.

“No tengo deseo” es el comienzo de una pregunta, no el final de un diagnóstico.

En algunos casos, lo que se vive como falta de deseo puede ser también una manera de dejar de exponerse a una experiencia que se volvió frustrante, exigente, dolorosa o angustiante.

El deseo no siempre aparece de la misma manera

Existe una idea muy instalada de que primero debería aparecer el deseo y recién después el acercamiento sexual.

A veces ocurre así. Pero no siempre.

En muchas personas, el deseo puede aparecer en respuesta a un acercamiento, una caricia, una conversación, una sensación corporal o un determinado contexto erótico. A esto se lo conoce como deseo responsivo.

Que el deseo no aparezca espontáneamente no significa necesariamente que exista una dificultad.

Pero deseo responsivo no significa obligación, complacencia ni aceptar un encuentro esperando que “las ganas aparezcan”. Requiere disponibilidad, libertad y un contexto que resulte seguro y agradable para esa persona.

¿Qué necesita el deseo?

Más que preguntarnos cuánto deseo “debería” tener una persona, muchas veces resulta más útil comprender qué lo facilita y qué lo inhibe.

El cansancio, el estrés, las preocupaciones, el dolor, el miedo al desempeño, los conflictos de pareja, la distancia emocional, algunos medicamentos o determinados cambios físicos pueden actuar como frenos.

En otras situaciones, el tiempo, la intimidad, la conexión emocional, sentirse deseado, determinados estímulos eróticos o simplemente poder salir por un momento de las exigencias cotidianas pueden facilitar su aparición.

No siempre necesitamos fabricar más deseo. A veces necesitamos comprender qué lo está frenando y qué condiciones necesita esa persona para poder encontrarse con él.

El deseo cambia a lo largo de la vida

El deseo no permanece idéntico a los veinte, a los cuarenta, a los sesenta o a los setenta años.

Puede cambiar con el estrés, la crianza, una enfermedad, una separación, el climaterio o la menopausia, los cambios corporales, una relación de muchos años o diferentes momentos vitales.

Que el deseo cambie no significa necesariamente que la sexualidad haya terminado.

A veces necesita otros tiempos, otros estímulos, otras condiciones o expectativas diferentes.

Cuando dos personas no desean de la misma manera

En una pareja no es necesario que ambas personas tengan la misma frecuencia de deseo ni que este aparezca al mismo tiempo.

Muchas veces el sufrimiento comienza con las interpretaciones.

Quien tiene más deseo puede sentirse rechazado o poco deseado. Quien tiene menos puede empezar a sentirse presionado, observado o a vivir cada gesto de afecto como el comienzo de una demanda sexual.

Así pueden aparecer ciclos en los que cuanto más una persona busca acercarse, más la otra se aleja; y cuanto más se aleja una, más la otra busca confirmación.

La dificultad ya no está solamente en cuánto deseo tiene cada uno, sino en qué sucede entre ambos alrededor del deseo.

Una mirada integral

Los cambios en el deseo pueden relacionarse con aspectos emocionales y vinculares, pero también con hormonas, enfermedades, dolor, medicamentos, sustancias, sueño, cansancio o diferentes etapas de la vida.

Muchas veces participan varios factores al mismo tiempo.

Por eso no parto de una explicación previa. Primero necesitamos comprender qué está sucediendo en esa persona y en ese momento de su vida.

No se trata simplemente de “tener más ganas”

No existe una frecuencia “correcta” de deseo que todas las personas deban alcanzar.

Tampoco una persona tiene una dificultad sexual simplemente porque desea menos que su pareja o porque atraviesa un período de menor interés sexual.

Lo importante es comprender cómo vive esa situación, cuánto malestar le genera y qué desea para sí misma.

El objetivo no es fabricar deseo. Es comprenderlo y crear las condiciones para que pueda expresarse de una manera más propia, libre y satisfactoria.

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Podés escribirme y contarme brevemente qué te sucede o qué te llevó a consultar.

No hace falta que sepas de antemano qué tipo de terapia necesitás ni que puedas explicar perfectamente lo que te ocurre.

A partir de lo que me cuentes podemos empezar a pensar cuál puede ser la manera más adecuada de abordarlo.