Dolor y dificultades en la penetraciónEl dolor no es algo que haya que aprender a soportar
Algunas personas sienten dolor, ardor, molestia o una sensación intensa de tensión durante determinados encuentros sexuales.
Otras encuentran que la penetración resulta difícil o directamente imposible.
El dolor puede aparecer ante el contacto, al intentar una penetración vaginal o anal, durante ella o incluso después del encuentro. En algunas situaciones también puede existir una respuesta involuntaria de tensión muscular que dificulta o impide la penetración.
El dolor sexual no debería naturalizarse ni convertirse en algo que haya que soportar para poder tener una relación sexual.
Cuando el cuerpo empieza a anticipar
Si una experiencia dolió una vez, es comprensible que ante el siguiente encuentro aparezca temor a que vuelva a suceder.
El cuerpo puede empezar a prepararse para protegerse.
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Con el tiempo pueden aparecer evitación, disminución del deseo o temor frente a situaciones que se perciben como el comienzo de una experiencia que podría volver a doler.
Esto no significa que “el dolor sea psicológico”.
Significa que cuerpo y emoción pueden empezar a participar de un mismo circuito, incluso cuando el origen inicial haya sido físico.
Primero, comprender qué está sucediendo
El dolor sexual puede estar relacionado con múltiples factores.
Dependiendo de la zona y del tipo de práctica, pueden intervenir cambios hormonales o genitourinarios, infecciones, endometriosis, afecciones vulvares o dermatológicas, alteraciones del piso pélvico, lesiones, condiciones que afectan la región anal o rectal y otras causas médicas.
También pueden intervenir experiencias previas, miedo, trauma, contexto, aspectos emocionales o vinculares.
Por eso, ante dolor persistente o recurrente, la evaluación médica es importante.
En algunas situaciones también puede ser necesaria la participación de profesionales especializados en piso pélvico.
La penetración no define una relación sexual
Cuando existe dolor o dificultad para penetrar, toda la sexualidad puede empezar a organizarse alrededor de una sola pregunta:
“¿Hoy podremos?”
Entonces cada encuentro corre el riesgo de convertirse en una prueba.
Si se logra, parece un éxito.
Si no se logra, parece un fracaso.
Y pueden ir quedando afuera muchas otras posibilidades de encuentro, excitación, contacto, juego y placer.
La penetración —vaginal o anal— puede formar parte de un encuentro sexual o no estar presente. No determina por sí misma si hubo una experiencia sexual satisfactoria.
No se trata solamente de “lograr que entre”
Cuando la penetración se convierte en el único objetivo, puede aparecer una presión enorme alrededor del cuerpo y del encuentro.
Y el riesgo es que toda la experiencia quede reducida a comprobar si esta vez “se pudo”.
Pero una persona no debería atravesar dolor o miedo para cumplir con una expectativa acerca de cómo tendría que ser su sexualidad.
Seguridad, deseo, placer, autonomía y capacidad de elegir importan tanto como cualquier respuesta corporal.
Recuperar seguridad y placer
Cuando durante mucho tiempo el cuerpo estuvo asociado con dolor, miedo o esfuerzo, el problema ya no es solamente si la penetración resulta posible.
También importa qué ocurre con la confianza en el propio cuerpo, con el deseo, con el placer y con la posibilidad de elegir cómo vivir la sexualidad.
Que la penetración sea posible no es el objetivo final. Poder vivir la propia sexualidad sin dolor, sin miedo y con mayor libertad tiene mucho más sentido.
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