Eyaculación rápida¿Rápida para quién?

Cuando una persona dice “acabo demasiado rápido”, una de las primeras preguntas que aparece es:

¿Rápido para quién?

¿Para esa persona? ¿Para la otra? ¿En relación con cuánto cree que debería durar un encuentro? ¿Con algo que vio, escuchó o aprendió acerca de la sexualidad?

Y también:

¿Cómo sabemos que es rápido? ¿Cómo lo estamos midiendo?

El tiempo puede ser parte de la dificultad, pero no alcanza por sí solo para comprenderla.

Importa saber desde cuándo ocurre, si sucede siempre o en determinadas situaciones, cuánto margen siente la persona sobre su respuesta y qué malestar genera para ella o para su vínculo.

Cuando aparece el cronómetro

Muchas personas empiezan a organizar el encuentro alrededor de una sola consigna:

“Tengo que durar más.”

Entonces aparecen estrategias para intentar controlar la eyaculación: distraerse, pensar en otra cosa, interrumpir constantemente, cambiar de posición, intentar sentir menos, “aguantar” o incluso masturbarse antes de un encuentro.

No todas estas conductas tienen necesariamente el mismo significado ni son un problema en sí mismas.

La pregunta es qué función cumplen para esa persona.

Porque a veces sucede algo paradójico:

para poder sostener durante más tiempo un encuentro sexual, la persona empieza a hacer todo lo posible para sentir menos.

Y el encuentro se transforma en una misión para no eyacular.

Regular no es lo mismo que controlar

Controlar puede convertirse en intentar no sentir demasiado para evitar que la eyaculación ocurra.

Regular implica algo diferente: poder reconocer la excitación, percibir cómo aumenta y permanecer conectado con las propias sensaciones sin vivir ese aumento como una amenaza.

No se trata simplemente de “aguantar”.

Se trata de conocer cómo responde el propio cuerpo y desarrollar una relación diferente con la excitación.

Poder percibirse sin convertirse en espectador

La autopercepción corporal puede tener un lugar importante.

Reconocer las sensaciones que acompañan la excitación y comprender cómo cambia la respuesta sexual permite conocer mejor el propio cuerpo.

Pero esa atención no debería convertirse nuevamente en vigilancia.

Poder percibirse no es lo mismo que observarse permanentemente para comprobar si “ya está por pasar”.

A veces detrás de la urgencia hay otra preocupación

En algunas personas la rapidez para penetrar o el apuro durante el encuentro pueden estar relacionados con otro temor:

“Tengo que aprovechar ahora que tengo la erección porque en cualquier momento puedo perderla.”

En esos casos, una aparente dificultad para retrasar la eyaculación puede estar acompañada por miedo a perder la erección.

Por eso no conviene mirar una respuesta sexual de manera aislada.

¿Qué tendría que pasar antes de eyacular?

Muchas veces la preocupación por “durar” está relacionada con una expectativa: sostener la penetración hasta que la otra persona tenga un orgasmo.

Cuando toda la experiencia sexual se organiza alrededor de esa idea, el tiempo puede convertirse en una enorme fuente de presión.

La penetración es solamente una de las posibilidades dentro de un encuentro sexual y el placer de la otra persona no depende exclusivamente de cuánto dure.

Una cosa es eyacular. Otra es irse del juego

A veces lo que termina afectando más el encuentro no es únicamente cuándo ocurre la eyaculación, sino qué sucede emocionalmente después.

Podemos imaginar a dos personas entrando a una cancha para jugar. Ambas están participando, disfrutando del encuentro. De pronto, una siente que algo salió mal y abandona el juego.

La otra queda ahí, quizá todavía con ganas de seguir.

Quien eyaculó puede sentir frustración, vergüenza, enojo consigo mismo o la sensación de haber fallado. Y quedarse en el encuentro implica también poder permanecer frente a la otra persona con esa frustración.

A veces, en cambio, se desconecta, se aleja, pide disculpas o da por terminado el encuentro.

La otra persona también puede sentirse frustrada, no necesariamente porque la eyaculación haya ocurrido antes de lo esperado, sino porque el otro se retiró emocional o sexualmente mientras todavía había posibilidades de seguir compartiendo.

Aprender a quedarse

Una eyaculación no tiene por qué marcar automáticamente el final de la experiencia sexual de ambas personas.

Puede haber otras formas de continuar el encuentro, de dar y recibir placer, de permanecer conectados y de atravesar juntos una situación que no ocurrió como se esperaba.

Una cosa es eyacular. Otra es irse del juego.

Mucho más que durar

La dificultad no se reduce a conseguir más minutos.

También importa comprender qué expectativas están presentes, cómo se vive la excitación, qué ocurre con la frustración, qué lugar ocupa la penetración y cuánto del encuentro quedó organizado alrededor de un cronómetro.

El objetivo no es aprender a aguantar. Es poder estar más presente en el propio cuerpo y en el encuentro.

Contacto

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Podés escribirme y contarme brevemente qué te sucede o qué te llevó a consultar.

No hace falta que sepas de antemano qué tipo de terapia necesitás ni que puedas explicar perfectamente lo que te ocurre.

A partir de lo que me cuentes podemos empezar a pensar cuál puede ser la manera más adecuada de abordarlo.